¿Mamá profesionista?

Con este post doy por inaugurada la categoría de Profesionista de este blog. Y es que cuando pensé en abrir este espacio lo único que tenía en mente era publicar sobre recetas, moda, tendencias y otras cosas superficiales de la vida que me gustan, y que he aprendido a disfrutar sin culpas ni conflictos.

En resumidas cuentas, no me interesaba profundizar en público, ni en primera persona, ni en ningún tema que valiera la pena ir más allá de la superficie.

Ya venía dándole vueltas al tema de la profesión relacionada con la maternidad desde hace rato. En realidad, desde que me ofrecieron un trabajo de tiempo completo en una muy buena empresa, que me resulta atractivo y que considero es una buena manera de retomar mi carrera, ahora que Cristina ya pasó el año de edad.

Empecé por ennumerarme mentalmente todos los beneficios que tiene para mí, para Cristina y para la familia que trabaje. Se los comentaba a una amiga muy cercana, a quien no sólo quiero, sino que admiro también profesionalmente.

Le decía: “Es que yo quiero que mi hija tenga como ejemplo una mamá que trabaja”.

Y mi amiga me corrigió.

“No, Ana, no solamente que trabaja, sino que tiene una profesión”.

Y sí, es que precisamente, ahí está el meollo del asunto. He construído mi profesión prácticamente desde que aprendí a leer y a escribir. Muchas de las cosas que he hecho desde que era una niña han sido eslabones de una cadena de hechos muy concisos que me han convertido en la mujer profesionista que soy hoy.

Yo no soy mi puesto de trabajo, pero sí soy la persona productiva y creativa que no sólo genera ideas, textos e imágenes, sino un ingreso que aporta a la familia, a la sociedad, que alcanza para dar de comer varios que dependen de mí, pero que sobre todo me da una seguridad y autonomía que es ya parte de mi esencia como ser humano.

Con casi dos décadas en el mercado profesional, me considero afortunada de poder tener las dos cosas: una familia y una profesión.

Sin embargo, hoy, tras la posibilidad de una oferta de trabajo en una de ésas compañías tecnológicas que rankean en Forbes como uno de los mejores lugares para laborar, y que tuve que rechazar de entrada por estar muy lejos de la misma ciudad en donde mi hija puede construir los lazos que perdurarán para siempre con sus hermanos, me dí cuenta que el tener un pie en los dos mundos tiene su precio en ambas direcciones.

Y lo digo sin el menor dejo de feminismo, ni apoyando la teoría del techo de cristal, ya que tengo un marido que dedica tanto tiempo a sus hijos como yo lo hago, y que profesionalmente también ha sacrificado mucho para poder ganar en el plano familiar.

Si una trabaja nunca va a tener el suficiente tiempo para poder realizar todas las actividades que quisiera con sus hijos, y no queda más remedio que delegar y hacerse de una red de apoyo; y si una, como profesionista, tiene una familia, jamás podrá competir con la movilidad y disponibilidad de las mujeres que no la tienen.

Sí, hoy me quedé con una espinita clavada en mi corazón, cuando la emoción de ese puesto soñado, por el que tantos años he trabajado, se desvaneció al oír del otro lado de la línea “would you consider to move to…?”.

Pero inmediatamente desapareció cuando al ir a encontrarme con Cristina y su nanny (que en su día libre me hizo el favor de cuidarla una hora en Target para que yo pudiera hablar por teléfono sin que el remolinito éste quisiera arrebatármelo) mi pequeña me recibió con un gran abrazo y una enorme sonrisa.

A lo mejor no seré la mamá más involucrada*, ni la profesionista más brillante, pero sí una mamá-profesionista que puede presumir que lo tiene todo. En especial una hermosa familia, que es hoy mi prioridad en la vida.

*Adjetivo favorito de las mamás hispanas de Key Biscayne dedicadas 100% al hogar.