Nueva York desmitificado

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Cuando se intenta decir que una vive entre Nueva York y Miami, específicamente entre Brooklyn y Key Biscayne, no existe el espacio para quejas.

Por eso mi intención con esta entrada no es quejarme amargamente ni el ganarme la compasión de nadie, sino agradecer por lo bueno de los dos mundos tan diferentes que puedo tener en una sola vida (¡y en una sola etapa!). Sin embargo, mi agradecimiento no quita que las comparaciones ocurran de manera espontánea.

Desde que puse la foto de una pequeña pelirroja que apareció en la portada de la revista New York en el refrigerador de nuestro departamento Brooklyniano, con unos pequeños imanes que decían “to do” y “today”, mi subconsciente empezó a imaginar a una niña que viviría y crecería en Nueva York.

Sin embargo, la vida nos lleva por caminos misteriosos…

Y así como nunca estuvo en mi mapa de vida radicar en Nueva York, la ruta hacia Miami tampoco estaba trazada, y un día me vi ahí con 8 meses de embarazo, a punto de dar a luz y sin saber que realmente ahí sería donde crecería la brooklyniana que había habitado en mi vientre y mi mente hasta ese momento.

Es muy extraño, pero entre Sunset Park y Key Biscayne hay muy poco, o más bien nada, en común. Y lo que me encanta de un lugar es lo que menos me gusta del otro.

Y precisamente en este viaje de un mes a Brooklyn ha sido cuando aquel Nueva York idealizado en mi mente de mujer en sus 30, soltera y queriéndose comer la manzana de una sola mordida, ha quedado completamente desmitificado.

“Es que ya dejaste de ser una ‘girl'”, me dice mi marido, refiriéndose a la exitosa serie de HBO que precisamente tiene lugar en esta zona de Nueva York.

Y vaya, que esta ciudad no es lo mismo sola que con una creaturita a quien cuidar.

Primer reality check: Le pongo a Cristina esa chamarrita tan fashion que le compré en Gap.com (y que, por supuesto, no pudo medirse porque estábamos en Miami) y empieza a protestar, pues la niña nunca había tenido que ponerse tanta ropa en su vida. Cuando siguen el gorro, los guantes y la bufanda (que tejí yo misma), no duda en quitárselos y aventarlos. Mamá los guarda en su bolso pues quizás los necesitaremos. Subidos ya en su carreola no hemos pasado ni media cuadra hacia la Octava Avenida y Cristina empieza a llorar desesperadamente. Tiene frío. Es la primera vez que lo siente en su vida. Le ponemos su papá y yo el gorro y los guantes. Entiende para qué sirven y ya no se resiste, sin embargo no permite la bufanda. El paseo tiene que ser rápido y breve porque la niña está agobiada con tantas capas de ropa.

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Segundo reality check: Un día después de terminar este maravilloso trabajo que tengo y que me permite estar en donde yo quiera mientras haya una conexión a internet, decidí que era una buena idea ir a la tiendita de estambres en Carroll Gardens que me encanta a comprar material para hacer más bufandas. Perfecto el paseo para Cristina, sólo había que tomar un autobus. Agarramos la MacLaren, la más ligerita y apta para esta ciudad, y que nos pasó gratis uno de los papás de la lista de Yahoo! de Sunset Park Parents, nos pusimos el abrigo y Cristina ¡por primera vez me dejó ponerle la bufanda que tejí! Se veía tan linda y brooklyniana con su abrigo, su bufanda, unos shortcitos de mezclilla y sus mallitas.  Esperamos, con bastante frío, en la parada a que llegara el autobus, Cristina no se quejó. Al llegar el maravilloso transporte público neoyorquino, yo ya tenía la carreola cerrada, a Cristina bajo control y el Metrocard en la mano. Todo fluyó. “No es tan fácil esto de transportarse en camión”, pensé, pero de seguro uno logra dominar la técnica.

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Ya en Carroll Gardens, el sol se había metido y el frío arreciado, y era bastante lo que había qué caminar. Cristina empieza a llorar desesperadamente y no entiendo por qué. Tenía frío. Mala idea haberle puesto sólo las mallitas. La cargo en mis brazos y con carrito, niña y demás sólo logro avanzar una cuadra. Carroll Gardens es hermoso, pero no es como que haya una farmacia o un súper en cada esquina para entrar y resguardarnos del frío. Recuerdo que la bufanda que traigo puesta es bastante grande y decido cedérsela a Cristina para que ella se tape las piernas. Logramos llegar a la tienda de estambres y Cristina incontrolable lo quiere agarrar todo. No es un lugar muy kids friendly, que digamos, y tenemos que irnos rápido tras escoger las madejas que necesitaba y pagar. Caminamos de nuevo a la parada del autobus, ya es de noche y hace un frío tremendo. Cuando llega el autobus no me coordiné para tener el metrocard en la mano y todo el sistema se trastocó. Afortunadamente la gente me ayuda. Aunque pienso “los climas extremos forman el carácter de la gente”, esta experiencia me hace contemplar 10 veces más si realmente quiero salir de la casa en un día de mucho frío con Cristina.

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Tercer reality check: “Señora, ¿qué está haciendo aquí? ¿No sabe que Miami es para pasar el invierno y Nueva York el verano?”, me dice el doctor en urgencias del Presbiteryan Hospital de la Calle 68 en Manhattan. Cristina se enfermó desde el lunes y primero pensé que había sido por un conejo de Pascua de chocolate que se comió entero. Manuel está de viaje y estoy yo sola con ella. Es miércoles y los vómitos y diarrea no cesan, y el hecho de que yo amanezco también enferma me hace pensar que no fue precisamente el chocolate. El doctor lo confirma, es un virus ante el cual no hay nada qué hacer más que tener paciencia. Toda la semana me la he pasado subiendo y bajando al sótano para lavar las sábanas y ropa que Cristina, a causa de su virus ha ensuciado, así como sacando la basura cada 4 horas debido a los pañales apestosos que inundan con su olor el diminuto apartamento. La tina la he lavado y pasado por cloro como 5 veces.

Precisamente en esta semana hice citas para producir varios segmentos para el sitio y tengo que irme a Manhattan y dejar a Cristina con nannys que apenas conoce, porque con los precios de Nueva York me es imposible contratar alguien de planta. Cuando me quedo sola con ella no puedo ni siquiera sacarla a comprar leche porque hace frío, está enferma y temo que suceda algún accidente en el camino. Obviamente, tampoco puedo ir sola. Ahora yo también estoy enferma y el olor a enfermedad me descompone más, sin embargo no hay quien limpie y lave todo lo que hay que lavar. Bajo con montañas de ropa y no hay quien me abra la puerta. Así como Cristina ha entendido para qué sirve el gorro, empiezo a enteder por qué existen los doormen.

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Extraño mi lavadora y secadora en casa, extraño mi carro, extraño el clima, extraño la farmacia con servicio a domicilio, extraño la playa a una cuadra de casa, extraño a Carolina… extraño mi vida en Miami.

Sí, lo acepto, me gusta la vida fácil del trópico. Esa mujer que sorteaba el mal clima, que disfrutaba los días fríos, que amaba el transporte público neoyorquino, que subía y bajaba escaleras embarazada, que no le importaba vivir en un lugar diminuto cuando tenía toda la ciudad para ella, se ha convertido en mamá.