Lecciones de desapego a domicilio

La cobija, con todo y hoyos, sigue dándonos muy buen uso.
La cobija, con todo y hoyos, sigue dándonos muy buen uso.

A lo largo de los años he ido aprendiendo, a la fuerza, a no apegarme a las cosas, a las personas, a los trabajos, a las mascotas, a los lugares o a situaciones de las cuales es difícil desprenderse.

Hoy acabo de recibir una lección de no-apego, cortesía de Carolina, quien, dicho sea de paso, ya me ha dado varias.

Empezando por la cobija que tejí yo misma durante mi embarazo, la mayoría de ella en el metro.

Hecha de un merino de lana irlandés súper fino y de unos colores hermosos, en honor a mi abuela, quien se la pasó su vida tejiendo, fue mi primera obra de arte en estambre. Tuve una suerte tremenda de principiante que quedara tan linda, tomando en cuenta que nunca aprendí a tejer con mi abuelita Chela, pues prefería leer sus revistas TVyNovelas, y terminé haciéndolo yo sola años después de su muerte con tutoriales de YouTube.

No tenía Carolina ni un mes trabajando con nosotros cuando se le ocurrió no sólo echarla a la lavadora, sino meterla a secar.

La pobre cobija quedó quemada en unas partes y llena de hoyos en otras. Yo quería llorar. Después de invertirle tantas horas, dinero, y de haber tejido junto con ella no sólo estambre, sino el recuerdo de mi abuela, el adiós a una ciudad, la esperanza de una nueva vida y la ilusión de un nuevo hogar, era un objeto al cual estaba profundamente apegada.

Y ni como enojarme con Carolina, pues lo hizo con toda la buena intención del mundo.

Respiré hondo y pensé: “ahora la buena voluntad y la ignorancia ya son también parte de ella y así hay que quererla” (a la cobija y, sí, a Carolina también). Hoy cuelga sobre un sillón de la casa y sigue resguardando del frío aire acondicionado de Miami a quien llegue a la sala a pasar un rato. Y a mí me sigue recordando, que como todos, es vulnerable y a pesar de los estragos, las heridas y el uso, sigue siendo un objeto valioso. Al menos para mí.

Hoy me volvió a pasar algo similar…

Hace unos meses le compré un cuadro a mi primo, el primero que hizo y que tiene gran significado para él pues lo ideó en un momento de desesperación en busca de esperanza. Cuando lo vi y de broma ofreció vendérmelo acepté pagar una cantidad que para nada me sobra, pero que sabía que para él iba a ser de ayuda. Más que por lo económico, por ser una manera de apoyarlo y mostrarle que en efecto, siempre hay soluciones mientras haya vida.

Pues finalmente después de varios meses llegó el cuadro desde Nueva York a Miami, y yo con mucha ilusión esperé el momento ideal para abrir la caja tan meticulosamente empacada. El tríptico venía no sólo en una caja de madera hecha a la medida y perfectamente sellada con tornillos, sino que cada pieza estaba envuelta individualmente en una especie de papel espuma.

Cuando saco el primero de los páneles y lo tomo de las orillas para no poner los dedos encima de él decido pasárselo a Carolina, quien estaba deseosa de ver qué había dentro de la misteriosa caja y muy presta a ayudarme. Ella, sin ningún cuidado, lo toma con ambas manos.

Cuando de mi pecho sale un desesperado “¡NOOOOO!”, esta alegre hondureña que llegó a este país subida en el techo de un tren, dejando a tres de sus hijos encargados y en busca de una vida mejor, se asustó y le puso toda la palma de su mano encima de la pintura negra que cubre el metal en el que está impresa esta obra de arte, hecha por un arquitecto, que se ha dedicado la mitad de su vida a diseñar los más sofisticados edificios en varias capitales del mundo.

El resultado: las marcas de agua y grasa en medio del primer panel que comprende el tríptico.

Yo, como loca, agarré el vestido de algodón con estampados de amapolas rojas de Cristina, que compramos en Galerías Lafayette antes de que naciera y que de casualidad estaba en su pañalera, para quitarle los restos de la grasa acumulada que traía esta mujer en sus manos después de trapear, limpiar, fregar trastos y cuidar a mi hija con todo el amor que le faltó darle a sus tres hijos que dejó todavía pequeños en Honduras.

Y la mancha, en lugar de quitarse, sólo se expandía por el color negro del cuadro. Una vez más, quería llorar.

“Háblele a su primo, él debe saber cómo quitarlo”, me dijo apenada.

Mi primo, tranquilo, me dijo que con una de esas telitas con las que se limpian las pantallas de las computadoras podía, tal vez, salir, y me explicó que muchos artistas han visto sus obras sufrir de las inclemencias del tiempo o de vandalismos (me puso el ejemplo de Da Vinci con la Mona Lisa). Me sugirió que dejara “secar” la mancha y en unos dos días volviera a ella.

Así es que después de enfocarme sólo en una enorme mancha sobre el negro, bajé mi mirada y leí el texto que viene en la parte inferior de la obra, “El Padre Nuestro”, escrito con una estilizada tipografía.

Con la calma y tranquilidad que le da a uno pensar que hay cosas muchísmo más importantes que nuestros pequeños problemas, salí del cuarto, bajé la escalera y le dije a Carolina:

“Caro, no se preocupe, las cosas son eso: cosas. Finalmente vivimos en Miami, un día viene un huracán y se lo lleva todo”.

Creo que dejaré a la mancha vivir en ese cuadro.