La Gaviota en Neiman Marcus

flap bag

Hace ya bastante tiempo que me muero de ganas por una flap bag de Chanel. Veo las que venden vintage en Internet, pero por alguna razón siempre encuentro una mejor manera de gastar los mucho más de $1,000 dólares que un modelito de ésos cuesta.

Desde que nació Cristina es poco el tiempo que tengo para ir de shopping. Más bien, es nulo. Cuando llego a comprar algo es después de las clases de baile o yoga que tomo en el Equinox de Merrick Park, a las que voy acompañada con mi pequeña, quien se queda a jugar en el Kids Club mientras yo brincoteo al ritmo de salsa o lanzo al aire unos cuantos “oooooohms”.

Normalmente mi recorrido es Ann Taylor, J.Crew, Banana Republic y Anthropologie, en la hora en la que Cristina logra estar controlable, que cada vez es más difícil pues le encanta correr por la tienda agarrando todo lo que se cruce a su paso. Ni se diga si me quiero probar algo, es una misión imposible mantenerla bajo control en el probador.

Por eso, el otro día que yo ya quería irme a la casa justo después de la clase y que Cristina se tiró al piso insistiendo en quedarse en el centro comercial, aproveché para que corriera por sus hermosos jardines y pasillos.

En eso me acordé de esa flap bag que siempre he acariciado en mi mente, por lo que decidí entrar a Neiman Marcus, el cual nunca frecuento, ya que si tengo que ir a una tienda departamental me voy al Nordstrom que queda precisamente en la zona opuesta.

Llegamos al área donde están Chanel, Fendi, Louis Vuitton, Alexander McQueen y demás diseñadores de ese rango de precios. El vendedor, muy, pero muy amable y simpático, se puso a nuestras órdenes.

Empezó a sonreírle a Cristina y muy pronto ya estábamos platicando de los hijos, de cuántos tenía él y cosas de ésas que no esperas contarle a un vendedor de una boutique de lujo. Amablemente se ofreció a regalarle un snack a Cristina y volvió con unas elegantes bolsitas de galletas hechas especialmente para los clientes de la tienda y unas botellitas de agua.

Cristina se las comió feliz, sentada en el piso entre bolsos de Valentino y Alexander McQueen, mientras yo preocupada pensaba que ojalá no se le ocurriera tocar con sus manos llenas de galleta una bolsa de ésas porque ahí se irían varias de mis quincenas.

En eso, el vendedor me pregunta: “¿De dónde eres?”. Cuando le digo que mexicana, le salió naturalmente…

“Ah, la Primera Dama de México andaba por aquí hace un ratito”.

“¿Queeeeé? ¿La Gaviota? ¿Y me la perdí?”, le contesté mientras mi vena periodística empezaba a latir en modo de breaking news.

“Sí, aquí andaba, es más a lo mejor aquí todavía anda”, dijo asomando la cabeza hacia el área de cosméticos.

Fue tanta mi sorpresa de que este personaje estuviera precisamente en la misma cadena de tiendas en las que la infame “Maestra”, Elba Esther Gordillo, hoy en la cárcel, gastaba millones de dólares, que yo creo que no lo pude ocultar.

El amable caballero, quien muy seguramente esperaba una alegre emoción de mi parte, empezó a caer en cuenta de que había cometido una indiscreción mayúscula, e intentó reparar el daño…

“Bueno, ella es muy cuidadosa…”, dijo.

“Pues, ¿cómo no, en un país con muchísimos pobres?”, salió directamente de mi corazón a mi boca, sin tocar base con mi cerebro.

Ahí ya la reciente amistad con el vendedor, y mi posibilidad de sacar más información, se habían desvanecido, y mientras el educado señor que hablaba perfecto español acomodaba un par de bolsos y preparaba su graciosa huída dijo “sí, pero trata de apoyar a los diseñadores nacionales, y, bueno, esa gente quiere tener cosas buenas”.

Cuando ya se estaba alejando todavía alcancé a decirle lo que quizá nunca había oído de sus millonarias (y algunas pretenciosas) clientas: “bueno, cuando junte mis ahorros regreso por mi flap bag”.

Tomé las elegantes aguas con la etiqueta de Neiman Marcus, cargué a Cristina y me dirigí a la salida en donde a mi paso me topé con una hermosa mesa llena de flores y bocadillos, en la cual, evidentemente, se había recibido a un visitante muy especial.

Todo el camino a mi casa, mientras transitaba por la US1 me la pasé pensando en la noticia, ¿y si llamo a quienes eran mis editores en México?, ¿y si la hubiera visto y sacaba mi celular y tomaba una foto? Me imaginé a un cuerpo de seguridad, como en los viejos tiempos del PRI, tomando mi teléfono y en lugar de sacar el rollo fotográfico, borrando mis fotografías y aventándolo por todo el piso de la lujosa tienda.

Me empezaba a culpar a mí misma por haber llegado 15 minutos tarde y haberme perdido la gran nota, pues mis ojos en realidad no vieron nada, cuando dí vuelta en el Rickenbacker Causeway para dirigirme a Key Biscayne.

Me acordé de mis tiempos en Nueva York, cuando en el MoMa me arrastré en mi vestido de coctel y tacones por todo el piso para conseguir la gran exclusiva en fotos de la inauguración de la exposición de Gabriel Orozco, a la cual asistió la entonces Primera Dama y los Azcárraga, entre muchos otros personajes de la política, cultura e iniciativa privada mexicana.

Vislumbré al final del puente el pequeñísimo cayo en el que vivo y en donde se rumora que La Gaviota aún conserva el departamento que habitaba antes de siquiera pensar que llegaría a ser Primera Dama.

Fue entonces cuando mi vena periodística dejó de latir, recordé que soy editora de moda y belleza, y que finalmente, después de muchos años de ir contracorriente y criticar los lujos y excesos de la clase privilegiada mexicana, decidí fluir convirtiéndome en una mamá de Key Biscayne que anhela con tener una flap bag de Chanel.