¿Y por qué Miami?

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Vista del centro de Miami desde un velero.

A decir verdad, Miami nunca estuvo en mis planes…

Si hace 10 años me hubiera salido en el tarot, en mi horóscopo o en alguna bola de cristal que mi hija iba a crecer en Miami, me hubiera reído.

Para mí, esta ciudad era el deseado paraíso de “Yo sólo quiero pegar en la radio”, del grupo colombiano Bacilos, cuyo CD tocaba incansablemente en mis recorridos hacia el periódico en el que trabajaba, desde Santa Catarina al centro de Monterrey, mientras veía tras el volante al fondo el majestuoso Cerro de la Silla.

Es más, ni siquiera había estado en la ciudad, hasta que hace unos cuantos años Manuel, adelantándose a lo que muy probablemente iba a ocurrir, me trajo a conocerla.

Para ese entonces, habiendo vivido ya en Nueva York, tengo que confesar que me pareció pequeña. El aeropuerto, sí, simpático, con todo ese piso de terrazo lleno de diseños marinos incrustados. Un centro con unos “cuantos” rascacielos (acuérdense que venía de Nueva York), mucho mar y muchas palmeras. Los departamentos me parecían hasta groseros en su amplitud, con todo ese espacio en los closets, cuando en Nueva York podía ser utilizado para toda una cocina o para la habitación de un bebé.

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Cristina y yo de paseo en un velero.

Me sorprendía que se hablara primero español antes que inglés en todos lados. Las mujeres, tras venir de la Gran Manzana en donde se tiende a tener una estética más sobria,  me resultaban totalmente excesivas, desde los colores que usaban en su ropa, el larguísimo pelo y los enormes zapatos de tacón, hasta las voluptuosas formas, muchas productos de silicones, que mostraban sin pudor alguno por la playa, algún centro comercial o Lincoln Road.

Manuel y yo pasábamos horas sentados en un restaurante de Bal Harbour viendo a los comensales bajarse de lujosísimos carros que me recordaban al Monterrey de la pre violencia que dejé hace casi una década.

La primera vez que fui a la playa fue al área privada de Key Biscayne, y hasta me dí el lujo de reclamarle al que sería el padre de mi hija.

“¿Cómo me traes a esta playa con señoras encopetadas leyendo el ¡Hola!, si yo soy más del tipo de Coney Island (playa al final de Brooklyn en donde ya ni siquiera se puede decir que haya diversidad de clases, sino que es a donde acude la clase trabajadora de Nueva York y uno que otro hipster decidido a tener esta aventura cultural)?”.

No pasó mucho tiempo para que yo me comiera mis propias palabras y me convirtiera en una “encopetada” más que camina alegremente por este prístino pedazo de mar con acceso restringido a los habitantes de la isla.

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Atardecer con Cristina en la playa de Key Biscayne, el 25 de diciembre del 2012.

 Y sí, aunque no fue amor a primera vista, ahora estoy locamente enamorada de esta ciudad a la que me vine a vivir sin muchas expectativas, mas que el permitir que mi hija creciera al lado de sus hermanos y tuviera la oportunidad de crear vínculos con ellos.

Key Biscayne, lugar que jamás hubiera escogido para vivir, pues suelo preocuparme de más por tratar de llevar una vida holgada conforme a mis posibilidades, resulta ser una pequeña isla que reúne a alguna de la gente con los más grandes capitales de América Latina, a acaudaladas familias establecidas en Miami desde hace décadas, a millonarios estadounidenses que se vienen a retirar a la Florida, a europeos que están aquí de negocios, a artistas, y a gente como nosotros, que con bastante esfuerzo y trabajo diario conseguimos pagar el paquete básico de acceso a este cayo.

Sin embargo, los hermanos de Cristina viven en esta isla, famosa por haber sido lugar de la residencia de verano de Richard Nixon, y por consecuencia nosotros también, sintiéndome yo infinitamente agradecida por haber sido colocada en esta privilegiada situación gracias a las confabulaciones del destino.

Hace 10 años buscaba estudiar a fondo la desigualdad social de la que se evita hablar en voz alta en mi país y ahora vivo no sólo en una burbuja imaginaria, sino en una verdadera isla rodeada de agua, que si bien no está encerrada dentro de altas bardas y casetas de vigilancia, sí tiene un factor natural que dificulta la llegada a cualquiera que no posea un automóvil o, en su defecto, un barco.

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Cristina en el barrio de Wynwood, que se distingue por sus murales y arte urbano.

Una isla que realmente parece el paraíso, con el clima ideal, en donde aparentemente la gente no tiene que trabajar y uno ve a toda hora cuerpos perfectos –y perfectamente bronceados– ejercitándose, caminando, empujando carritos de bebé o andando en bicicletas.

Un pedacito de tierra en donde el cielo es azul y la vegetación abundante, hay una gran población de lagartijas y aves marinas, la playa está a unos cuantos pasos, no faltan las piscinas, la gente se transporta en carritos de golf y el parque es como una gran fiesta, lleno de adultos y niños socializando, todas las tardes.

Para mi sorpresa, que esperaba toparme con las preguntas inquisidoras típicas de las ciudades pequeñas en donde las fortunas ya están muy bien repartidas y los nombres grabados en calles y edificios, aquí, al ser tan cosmopolita, en realidad el saber exactamente de dónde viene uno y a qué familia pertenece parece importar poco.

En fin, en general y más allá del Rickenbacker Causeway, en donde el mundo deja de tener la escenográfica perfección al estilo de “The Truman Show”, Miami es una ciudad que no sólo cada vez me cautiva e intriga más, sino que me enamora con sus hermosos colores, su numerosos arcoiris, su bello mar, su amplio cielo, los caprichosos troncos de sus árboles y su exuberante vegetación.

Me alegra que Cristina haya nacido aquí.