Usa, reusa y recicla

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Cristina con uno de los juguetes que más disfruta en Brooklyn, unas piezas de madera que fueron una donación comunitaria del edificio en el que vivimos.

 

Mi primer día en Suiza lo pasé en un centro de acopio. Era 1990, yo tenía 18 años, y la familia con la que me había tocado en el programa de intercambio que participé consideró conveniente llevarme a conocer ese lugar.

Yo ni entendía una palabra de alemán, ni sabía qué significaba la palabra reciclar, ni en español, ni en inglés, ni en ningún otro idioma.

Tengo que aceptar que en lugar de sorpresa y curiosidad me causó bastante hastío que me llevaran a ver lo “limpios” que eran sus basureros. Era mi primera vez en Europa y la primera vez que vivía en un país que no fuera México o Estados Unidos, así es que no podía entender cómo una nación tan rica podía ser “tan tacaña” y se empeñaba en no gastar en cosas nuevas, sacarle la última gota a todo y poner objetos que ya no usaban a disposición de la comunidad.

Afortunadamente en el año escolar que pasé en este bello, verde y ecológico país mi mente cambió para siempre y desde entonces me cuesta muchísimo trabajo —y culpa— no separar la basura. A mi regreso a México, en Monterrey apenas la práctica de separar empezaba a verse en pocos lugares como lo era el Tec de Monterrey.

Para el 2004, año en el que dejé esta ciudad, yo seguía separando toda la basura de mi casa, causando la burla de algunos, pero facilitando al menos en un poco la labor de recolección de los pepenadores, que son en realidad quienes en México realizan el trabajo de separar.

Aunque en mi casa de Monterrey reusé algunos muebles que eran de mis abuelos, como una sala estilo nórdico que retapicé en color azul rey y quedó tal como las que el Hotel Standard de Miami tiene en su lobby, la realidad es que recibí muchísimos regalos de boda y yo me dediqué a comprar muchas cosas más que no eran necesarias. Luego vino el divorcio y aunque regalé muchísimos libros, adornos y utensilios de cocina, la gran mayoría sigue en cajas dentro de una bodega en Chihuahua, sin usarse y sin tener mucha posibilidad de que yo las vuelva a utilizar, pues resulta sumamente difícil traerlas a Estados Unidos a una vida en la que muy probablemente ya no tienen cabida.

En Nueva York mis espacios siempre han sido bastante reducidos, así es que como hacen todos los neoyorquinos, algo tiene que salir para que algo más pueda entrar. Por falta de dinero y tras la experiencia de tantos recursos desperdiciados en mi vida pasada, mi departamento de Brooklyn lo decoré con un escritorio viejo que un vecino del edificio desechó y que después de un buen aceite adquirió un brillo y personalidad impresionantes, así como con un par de libreros y un ropero que encontré en el sótano de mi edificio y que tenían un letrero que anunciaba que cualquiera se los podía llevar.

En Miami he seguido la misma filosofía, y aunque uno no se encuentra cosas en las calles, como en Nueva York, he tratado de comprar sólo los muebles necesarios. Cuando nos vimos en la necesidad de dejar el departamento en Brickell con un hermoso rooftop, mis muebles de jardín se convirtieron en mi nueva sala y comedor.

Cuando nació Cristina nos suscribimos a una lista de padres llamada Sunset Park Parents, que a mi parecer es una de las cosas más valiosas que tiene este vecindario. Es una comunidad virtual sumamente organizada, en la que no sólo se comparten tips de niñeras y escuelas, sino que regalan cosas o las venden a muy bajos precios. En esta lista mi marido y yo nos hicimos de un cochecito MacLaren gratis para que Cristina anduviera por las calles de Nueva York, de la sillita alta que aún usamos en Miami, de un baby björn a un precio ridículo y nos deshicimos de un excersaucer que una vecina me había pasado y que a Cristina ya no le gustaba.

Con este espiritú de dar y recibir, en el que sabes que cuando necesites las cosas volverán a ti a un precio ridículo o gratis es mucho más sencillo desprenderse de lo que uno no usa, no acumular cosas que no se necesitan y, sobre todo, dejar de consumir.

Por eso, hoy que mi amiga Leticia abrió una comunidad para mamás en Miami llamada Miami Mammas Marketplace me causó una gran emoción, porque es algo que realmente me hace falta en mi vida floridana y que aprecio mucho de mi otra vida en Brooklyn. El grupo aún es pequeño, pero tanto Leticia como yo esperamos que crezca y se consolide como una comunidad de mamás de Miami en donde se use, reuse y recicle.

Así es que si les interesa, ya saben a dónde ir.