¿Un departamento que no se puede alquilar?

Al tener un espacio en Nueva York que pasa a veces hasta semanas desocupado no falta quién de nuestros conocidos se ofrezca a querer pagar una módica suma con tal de disfrutar de unas vacaciones accesibles en esta maravillosa —y muy costosa— ciudad. Sin embargo, cuando la respuesta es que no lo podemos alquilar, ni tampoco prestar si nosotros no estamos presentes, la gente suele abrir sus ojos incrédulamente cuestionando semejante contestación que parece realmente imposible, pues ¿quién que es dueño de su casa no puede hacer con ella lo que quiera?

La explicación radica es que nuestro departamento está en uno de los históricos edificios de cooperativas finlandesas que se construyeron hace ya casi 100 años en el barrio de Sunset Park, en Brooklyn. Estos edificios que siguen siendo una cooperativa son manejados por los mismos dueños del edificio y hay un consejo que se elige cada año que se encarga de que los estatutos se cumplan. Entre dichos estatutos están precisamente que no lo puedes alquilar, que no puedes recibir visitantes más de cierto número de días, y que no los puedes recibir si tú no estás presente. Para comprar en el edificio también tienes que ser aprobado por dicho consejo que evalúa si eres una persona apta para vivir en esta comunidad. Si vas a vivir con alguien más, tienes que presentárselo al consejo y hacerle saber que será habitante de este edificio.

En fin, para cualquiera de nosotros que crecimos en un país como México, en el que esta idea de cooperativa no existe, resulta totalmente descabellado tener estas limitaciones en su propia casa.

Sin embargo, este sentido comunitario de los finlandeses que llegaron hace más de un siglo a trabajar en el muelle de Brooklyn desembarcando lo que llegaba a esta industrial zona dejó como herencia una serie de bellos edificios construidos por ellos mismos en ladrillo, con hermosos pisos de madera, sólidas puertas adornadas con unas bellas perillas de cristal y mosaicos muy característicos de esa época que son conocidos como “subway tiles”, porque eran precisamente los que adornaban (y todavía decoran) muchas de las estaciones de metro de la ciudad, que se abrió a principios de 1900.

El departamento en el que vivimos tiene una linda vista totalmente urbana a los patios de las casas de los vecinos, que si bien no están súper impecables como los de Park Slope, con la gentrificación que ha vivido el barrio van mejorando poco a poco.

Cada año se hace un work day en el que todos los vecinos se reúnen a ayudar en el mantenimiento del edificio y se hacen trabajos que van desde impermeabilizar el techo hasta pintar puertas o hacer reparaciones necesarias. Este día resulta toda una convivencia entre los habitantes, pues todos aportamos algún platillo para compartir a la hora de la comida que termina siendo un gran bufet internacional, ya que aquí vivimos desde inmigrantes finlandeses, polacos, chinos, mexicanos, dominicanos, rusos, japoneses hasta americanos de distintas descendencias que ya tienen generaciones de haberse establecido en Estados Unidos.

Hasta hace poco más de una década para comprar un departamento de éstos tenías que llegar con el dinero en la mano y no podías contar con el crédito de ningún banco, así es que muchos de nuestros vecinos tuvieron la fortuna de hacerse de estos bienes inmuebles por sumas que podrían parecer ridículas como 30 ó 40 mil dólares. Sin embargo, al entrar al sistema bancario y subir tanto de valor, muchos de los antiguos residentes decidieron vender para abrir paso a la nueva ola de jóvenes profesionistas que está poblando esta zona.

Los mantenimientos son también muy razonables, tratándose de Nueva York, ya que es la misma gente del edificio el que lo administra, y aunque tiene sus pros y sus contras, permite que personas ya ancianas, y gente de clase trabajadora pueda seguir viviendo aquí a pesar de no tener ingresos altos.

Y sí, aunque la restricción de no poderlo alquilar o prestar es algo que a veces nos pesa bastante, en el otro lado de la moneda tenemos una interesante comunidad de vecinos que se preocupa por un bienestar común, un legado escandinavo que ha permeado razas y culturas y que es toda una enseñanza. Al menos para mí.

Aquí les dejo unas fotos de los bellos detalles que tiene el edificio, y que nuestro departamento aún conserva.

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Todavía no me queda muy claro de qué década es la estufa, pero seguramente tiene más de 40 años.
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El reloj de la estufa ya no funciona y no es precisamente lo más bonito de la cocina, pues se le nota el paso del tiempo.
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Este compartimento que ven aquí (y que necesita una pintada) lo usaban los finlandeses como una especie de refrigerador, pues en invierno por estar tan cerca del exterior se mantiene bastante fresco. Otras versiones dicen que servía para guardar papas.
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Ésta es la puerta de una mini despensa que ahora uso para guardar especies y que anteriormente servía para guardar el burro de planchar.
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La perilla no es original, la compré en Anthropologie, pero creo que le agrega un toque lindo.
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Este apagador de la luz me imagino que tampoco es original, pero ha de tener ya bastantes décadas ahí.
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Cuando compré el departamento venía con este aparato telefónico, que obviamente ya no tiene ningún uso más que el nostálgico.
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En el disco pueden ver el número telefónico que alguna vez tuvo este departamento, aún con código 212.
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Este rincón es uno de los que más me gustan y que menos costó, pues tanto el escritorio como la silla y el librero de atrás fueron rescatados del área donde los vecinos dejan las cosas que ya no quieren, para que los habitantes del edificio se las lleven antes de sacarlas a la basura.
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Una imagen actual, pero muy nostálgica. Me recuerda las sillas del comedor de la casa de mis papás en Chihuahua y el teléfono que teníamos cuando yo era una niña.
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Estos son los radiadores con los que se calienta el edificio. La calefacción es central y sirve para todos los departamentos. Dentro de aquí jamás se pasa frío en invierno.
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Esta perilla también es de las de Anthropologie y sirvió para darle todo un nuevo aspecto a un ropero que también recogí del área de deshecho, y que en realidad no es tan fino, pero me da bastante buen uso.
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Ésta sí es una de las perillas originales que nos dejaron los finlandeses. Las llaves las recibí tal como están, con los circulitos que alguien que pasó por aquí antes que nosotros se tomó la molestia de escribir con las palabras “bebroom clocet”.
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Ésta es la perilla de la puerta del baño.
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Y éste el diseño del cristal de la puerta del baño que permite que la luz entre a un pasillo que de otra manera sería muy oscuro.
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El baño necesita una buena remodelada. Bueno, en general todo el departamento, la cual no hemos hecho por varias razones entre las que están el dinero, el tiempo o más bien que aún no nos queremos ni imaginar meternos en algo que nos va a requerir mucha dedicación y esfuerzo.
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Un detalle de la parte superior del lavabo.
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El piso del baño es súper característico de las construcciones neoyorquinas de esas épocas, el cual aún se sigue fabricando.
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La chapa de la puerta de entrada, también una joya.
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La perilla de la puerta de entrada.
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Mis especieros, un detalle moderno de la cocina.
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Sin producción. Así como lo ven vive este mueble para lavar trastes que por lo que he deducido sí es una de las cosas originales del departamento. Las repisas para escurrir trastes son de Ikea.
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La cara más moderna de la cocina, con repisas de Ikea.
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Un pequeño rincón oaxaqueño en Brooklyn.
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Tres detalles del departamento: el piso del baño, el mármol que separa los dos ambientes y el piso de madera. Todos originales de hace 100 años.
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Aquí se puede apreciar un poco del piso de madera original. Cuando llegué estaba cubierto por una alfombra de pelos, descolorida y sucia, que lo protegió bastante bien del paso del tiempo.