Sunset Park, te amo (así, en mexicano)

Atardecer en Sunset Park.
Cristina y yo en un atardecer lluvioso en el parque.
Cristina y yo en un atardecer lluvioso en el parque.

Llegué a Sunset Park por casualidad.

Una noche que fui a una reunión de mi generación de la maestría de periodismo de Columbia, una compañera me dijo que si no conocía a alguien que quisiera ser su “roommate”, pues tenía un departamento en el que prácticamente ya no vivía, pero que no lo podía alquilar, por lo que necesitaba alguien que “compartiera” con ella el piso.

[LEE: Un departamento que no se puede alquilar]

Yo aún vivía en la International House, cerca de Columbia, en Riverside Drive al final del Upper West Side, y prácticamente no conocía Brooklyn. Pero trabajando en NY1, como escritora freelance en las madrugadas y después como recepcionista, mis ingresos no eran los más generosos que digamos, así es que la opción parecía bastante aceptable.

Fuí una noche a ver el departamento y con todo ese espacio, después de haber vivido en un cuartito de 2 X 3 m2 con un baño común, me pareció fabuloso pagar menos por compartir con alguien que no iba a vivir ahí.

No tardé mucho en enamorarme de este lugar en donde me siento como en casa. Y es que con una población tan alta de mexicanos, basta con que camine a la esquina y llegar a La Flor de Izúcar, que queda en la Calle 41 y Quinta Avenida, para poder disfrutar de unas cemitas poblanas con pápalo incluído o una torta de huevo, con mucho aguacate y crema.

Fue precisamente en La Flor, en donde mi madre de visita en Nueva York, sin saber que ya empezaba a salir con alguien tras mi divorcio se enteró por boca de la panadera que tenía “marido”.

También en La Flor, tras varias visitas muy seguidas de amigos, uno de Suiza y dos de Monterrey, a quienes daba posada en esta costosísima ciudad sin ningún interés romántico, en donde una de las cocineras me preguntó bastante indiscretamente enfrente de uno de ellos “si estaba casada aquí o en México”.

Y sí, afortunadamente, ni estaba casada en ningún lugar ni había relación fuera de la amistosa con ninguno de ellos, porque de otra manera hubiera quedado penosamente al descubierto como en el caso de mi madre quien me exigió que le explicara quién era al que llamaban mi “marido”, mientras a mí la cemita se me atragantaba.

Mi pedacito de Sunset Park es una especie de pueblo en medio de la gran urbe.

Si camino unas dos cuadras, sobre la Quinta Avenida (de Brooklyn, que nada tiene que ver con la de Manhattan) me topo con La Guadalupita, en donde venden productos mexicanos que ni en Monterrey conseguía, como flor de calabaza, epazote, hoja santa, pápalo y toda clase de chiles secos.

[RECETA: Tostadas de elote y flor de calabaza rellena de queso fresco]

En otra de las tienditas, que cierra a las 11 de la noche, el tendero siempre me tiene los mejores aguacates, y si no están en lo que él llama “su punto” me los da gratis, mientras la señora de la tintorería ya conoce tan bien a mi -ahora sí- marido, que llega a recoger sus camisas sin la nota.

Aquí, mis amigos mexicanos, que en su mayoría viene de la mixteca poblana, me conocen como “la güera” y les da mucho orgullo decir que, aunque físicamente no tengo similitud con ellos, soy mexicana. Y, quizás lo que no saben, es que a mí también me da mucho orgullo sentirme parte de ellos. Y que aunque en México hay una brecha social enorme que nos separa, en Sunset Park somos iguales.

Pasó todo un año de exploración de la Quinta Avenida, en donde me sorprendía con cada restaurante nuevo que probaba, dando todo un recorrido gastronómico por Centroamérica, el Caribe y hasta Perú, antes de que me aventurara a caminar dos cuadras más hacia el este para toparme con la parte china de Sunset Park.

No podía creer que hubiera vivido tan cerca de China todo ese tiempo sin darme cuenta, y es que el Chinatown de Manhattan resulta un lugar para turistas comparado a éste, en donde casi nadie habla inglés y en las pescaderías venden todo tipo de animales vivos para comer.

En el hermoso parque, del cual este barrio toma su nombre, en estas tardes de verano se reúnen los chinos a bailar danzas orientales, los mexicanos a jugar futbol y los recién llegados jóvenes profesionistas, entre ellos muchos artistas, a tomar fotografías del hermoso atardecer con sus teléfonos celulares.

Y el playground que parece una versión urbana de “It’s a Small World”, convivimos, muchas veces sin poder hablar unos con otros, chinos, mexicanos, y algunos de los nuevos padres de esta zona que se autoidentifican en un grupo de Yahoo! como Sunset Park Parents (a cual pertenecemos).

Cristina jugando en el parque, a su lado una niña china.
Cristina jugando en el parque, a su lado una niña china.

Nueva York es una ciudad que vive en constante cambio, y Sunset Park no es la excepción. Está en proceso de transformación y los que ya vivíamos aquí desde antes sabemos que con la llegada de cada vez más jóvenes profesionistas el barrio se embellece, las propiedades suben de valor, y desgraciadamente los menos afortunados terminan marchándose.

Sunset Park siempre fue un barrio de recién llegados, por lo que la gente se iba cuando se establecía y lograba juntar el dinero para ir en busca de una vida mejor, abriendo así paso a las olas más recientes de inmigrantes, como en este caso son los mexicanos y los chinos. Pero ahora, al parecer por primera vez el proceso se está dando a la inversa.

No sé cuánto tiempo más Sunset Park será mexicano, lo que sí sé es que aunque reparta ahora mi tiempo entre dos ciudades, es un lugar que siempre será mi casa.

Aquí les dejo unas cuantas fotos, haz clic en alguna foto para que inicie la fotogalería: