A Pamplona hemos de ir…

Los chicos Armendáriz con Cristina.

“Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril, cinco de mayo, seis de junio, siete de julio, ¡San Fermín! A Pamplona hemos de ir…”

Sinceramente, asistir a las Fiestas de San Fermín en Pamplona no estaba dentro de mi lista de cosas por hacer. Sin embargo cuando mi marido y yo conocimos a Fernando y a Ana Belén en uno de los viajes que por cuestión de negocios él realiza varias veces al año a Europa, la semilla de la invitación hecha por ellos tan cordial y sincera de visitar su ciudad en estas fechas empezó a germinar en nuestros planes.

Conforme ha pasado el tiempo la relación de Manuel con esta ciudad española se ha ido estrechando cada vez más tanto en lo laboral como en lo personal, por lo que cuando a principios de este año me propuso que viniéramos a pasar el verano aquí, me pareció lo más natural del mundo.

Tengo que ser honesta y decir que yo no participé muy activamente que digamos en los planes. Él se encargó de conseguir una casa en Obanos, a las afueras de Pamplona, con una vista hermosa a la campiña navarra, dentro de un pueblo con un aire totalmente medieval, que me transportó inmediatamente a los Castillos Exín con los que mi hermano y yo jugábamos en nuestra infancia, y que nunca logramos terminar de armar.

Sin embargo, al pisar la plaza de este pueblo, la última pieza llegó a mí y pude armar un rompecabezas inconcluso en mi mente, y entender de dónde venía este juego para niños originario de Barcelona, y que distaba mucho de nuestra realidad chihuahuense.

Sabiendo lo difícil que es conseguir alojamiento en Pamplona cuando se celebran las Fiestas de San Fermín, ni siquiera me había hecho las ilusiones de llegar en esta semana, sin embargo Manuel organizó todo para que pudiéramos estar y dejarnos guiar por nuestros amigos a las entrañas de esta tradición que tiene cientos de años celebrándose en la Ciudad.

Durante los sanfermines nos quedamos en una casa rural, conocida como la Casa Baquedano, en Murugarren, en donde el dueño nos contó que esta construcción, ahora impecablemente remodelada, había pertenecido a su familia desde hace 400 años. Muy impresionante para mí, que apenas logro remontarme a las historias de mi familia, si mucho, 150 ó 200 años atrás, y muy nebulosamente.

Yo que nunca me he interesado por los toros ni por la fiesta brava, y que con una hija de 2 años y un trabajo que me absorve 8 horas diarias, en realidad no tuve mucho tiempo de empezar a saborearme el viaje investigando y documentándome sobre la región, todo ha sido realmente una sorpresa para mí.

Empezando porque yo no tenía idea que los encierros duraban tan sólo unos minutos. En mi mente poco informada con imágenes tomadas de agencias fotográficas y la televisión, hombres y toros corrían por toda la ciudad sin parar, por un lapso de tiempo que mi subconsciente no había definido, pero que sin duda era mucho más que los escasos minutos que en realidad se corren del punto A al punto B, que es de los corrales donde están encerrados a la Plaza de Toros.

Si bien las corridas de toros no son un espectáculo que disfrute, pues me causa un gran estrés el pobre animal, así como las personas que arriesgan su vida (desde mi punto de vista, innecesariamente) para ponerse frente de ellos, sí puedo decir que el ser parte en Pamplona de esta fiesta me hizo entender una vez más los porqués de algo que con la distancia que hay no sólo entre continentes, sino de una cultura a otra, se ve totalmente fuera de contexto.

Y no sobra decir que nuestros amigos navarrenses se esmeraron de tal manera para que gozáramos de estas fiestas que, también para mi sorpresa, son más familiares de lo que yo esperaba. Comimos, bebimos y disfrutamos de estas tradiciones medievales que hoy en día siguen siendo una gran parte de la vida de Pamplona.

Los dejo con unas cuantas imágenes y videos de lo que fueron nuestros inolvidables Sanfermines.