Los pimientos de María

IMG_1144
Vista que teníamos desde la casa de María y Pedro en Obanos.

Cuando llegamos a la casa que mi marido había alquilado en Obanos, un pueblito de Navarra a media hora de Pamplona, con tanta ilusión, realmente no fue lo que esperábamos.

Para empezar, en su mente la fantasía de pasar un verano idílico en la campiña española era el de tener un lugar para nosotros solos en donde pudiéramos recibir a toda la familia y amigos. Sin embargo, ¿cuál fue nuestra primera sorpresa de enterarnos de que Pedro y María, los dueños de la casa, la compartirían con nosotros durante el verano?

Acostumbrados a la perfección tan sintética en la que vivimos en Miami, una ciudad que no hace ni un siglo que se puede llamar como tal, en donde todo es nuevo, vivimos todo el tiempo a la misma temperatura del aire acondicionado y se está poco en contacto con la naturaleza, pues aunque nos rodea, solemos relacionarnos con ella de una manera muy cómoda, el toparnos con el campo español fue al principio un verdadero shock.

“¿Que no hay secadora?”, le dije a María asombrada, cuando me enseñó la lavandería. “¿Entonces, en dónde voy a secar?”.

– “Aquí hay mucho sol”, me dijo apuntando a dos cordones suspendidos en lo alto.

Y vaya que lo había. Sin embargo, tengo que aceptar que aunque recuerdo que en mi casa de Chihuahua sacaban la ropa a tender al sol en mi niñez, en mi edad adulta nunca había tenido que usar tendederos al aire libre.

En Obanos, mis ratos al sol fueron precisamente para sacar a tender la gran cantidad de ropa sucia que día tras día lavábamos, cuestión que a nuestros anfitriones, de seguro, les ha de haber parecido una verdadera excentricidad y gasto innecesario.

IMG_1385
Uno de los bellos atardeceres en Obanos.

Pedro y María tenían todo el segundo piso para ellos, dentro de una casa de cuatro niveles, con un amplio jardín y una piscina, todo edificado por el mismo Pedro, quien toda su vida se ha dedicado a la construcción.

Y aunque al principio nos sentíamos algo invadidos, con el paso de los días su discreta presencia nos hizo, o al menos a mí, acomodarlos en mi mente como unos agradables vecinos a los que podíamos acudir en caso de alguna necesidad.

El ver a Pedro todas las mañanas limpiando su piscina con muchísimo amor y dedicación, se convirtió en algo esperado con los primeros rayos del sol.

“¿Y cómo amaneció la niña?”, oí decir desde el balcón una mañana a Pedro. Estaba a punto de contestarle pensando que me hablaba a mí, preguntando por mi hija, cuando me dí cuenta que el diálogo era con su alberca, a la que limpiaba con un largo tubo aspirador con el cuidado con el que cepillaría a una pequeña de largos cabellos.

IMG_1442
Vista de la piscina.

Iru, el flaco perro que tenían se convirtió en el mejor amigo de los niños, y Cristina, quien se niega a llamar por su nombre a su hermano o a sus abuelas, se aprendió en un instante el nombre del can que quiere decir “tres” en vasco.

Con los días también, un jardín que en mi ignorancia veía “algo descuidado”, ya que estoy acostumbrada a la elaborada perfección del paisajismo decorativo con el que se construyen los jardines en Florida, empezó a hacer sentido.

Los árboles que estaban ahí, y que a mi parecer no combinaban, resultaron ser olivos y almendros, de los cuales Pedro y María sacan sus frutos para consumirlos durante el año. Algunos arbustos de repente se revelaron ante mis ojos como enormes plantas de romero y lavanda, que también tenían su razón de ser, y con la ayuda de Pedro empecé a ver lo que antes sólo era una montaña verde, como hermosos campos sembrados con distintas cosechas.

Un día Pedro me llevó a ver su hortaliza escondida al final del jardín en donde sembraba tomates, pimientos y calabacines, los cuales también estaban destinados a ser alimento familiar, y me dio permiso de tomar las fresas maduras que crecían en unas macetas que tenía colocadas en distintos puntos del jardín.

IMG_1475
Una de las deliciosas fresas que crecen en el jardín.

Al yo quedarme muchas veces sola en casa, pues debido a mi trabajo no podía disfrutar de unas vacaciones completas con toda la familia, María me buscaba para regalarme unos deliciosos pimientos del piquillo preparados por ella, los cuales me enteré luego los había recogido el mismísimo Pedro de un campo vecino para luego asarlos y congelarlos para comer todo el año.

Un día que estaba sola en casa, María me invitó a ir con ellos a unas fiestas en el pueblo de al lado, Puente La Reina. Fue una de las sorpresas más hermosas que me llevé en esta probadita de la vida de Navarra de la que fui parte durante un mes, pues me abrió las puertas de la casa de su madre, ubicada en la calle principal del pueblo, en donde toda la familia se reunía para torear a unas vaquillas a las cuales dejaban correr libres durante la tarde.

Con un lugar y vista privilegiados, me olvidé por un momento que era turista y me sentí parte de ellos y de esas tradiciones de hace cientos de años que se viven en los pueblos españoles, y que en México de alguna manera se han intentado recrear de distintas formas.

Tras las fiestas y el correr de la vacas, María y sus hermanas prepararon una larguísima mesa en donde sirvieron los platillos que cada una de ellas había cocinado. Se pasaron el pan, los pimientos, la chistorra, una pasta horneada como platillo principal y de postre, leche frita.

En un pueblo medieval en el que los niños pueden jugar solos en las calles y en el que los vecinos interrumpen a media cena porque no les alcanzó el pan y piden que se les comparta, no pude más que sentir nostalgia de la vida que nunca me ha tocado vivir y a la cual me pude asomar sólo por esa noche.

¡Gracias, María; gracias, Pedro!

IMG_1698
María no me dejó ir sin antes darme bloques de pimientos y espárragos congelados, los cuales preparé ya estando en Miami de distintas maneras. Aquí rellenos de quinoa y calabacitas con una salsa almendrara de chile de árbol.

Aquí les dejo la fotogalería de las fiestas en Puente La Reina