¡Bienvenida, Thermomix!

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No sabía ni que existía hasta que mi amiga Leticia, una española que vive en las Bahamas y viaja con ella bajo el brazo, me la presentó: era la Thermomix.

Este robot de cocina pica, licua, muele, cocina al vapor, sofríe, amasa, graniza, pesa… Hace prácticamente todo, menos hornear y lavarse a sí misma.

En realidad no le puse mucha atención, hasta que un día me invitó a comer a su casa y me dio una pasta cocinada con una salsa de tomate. Todo hecho con ingredientes naturales. La pasta al dente, y la salsa con una textura que en una estufa normal es difícil de conseguir.

Como desde hace tiempo he tomado una cierta aversión a las latas y a los alimentos procesados, la idea de poder cocinar todo de manera natural me agradó bastante y empecé a considerar comprarla.

En ese entonces había tenido problemas con mis licuadoras, y ya llevaba dos en menos de un año, así es que el pensar en tener un aparato electrodoméstico que hiciera prácticamente todo y que me durara “toda la vida” me parecía razonable al considerar su nada económico precio de más de $1,000 euros.

Pero, ¡oh, sorpresa! No es algo que se venda en las tiendas, y en Estados Unidos no había manera de conseguirla. En España es sumamente popular, pero existe el problema del voltaje y el enchufe. Así es que lo más lógico para nosotros resultaba comprarla en México.

Cuando mi marido supo que estaba decidida a adquirirla, me advirtió que él me la quería regalar en Navidad, así es que lo dejé que él hiciera todas las investigaciones correspondientes para comprarla.

El conseguirla no fue nada fácil, pues tuvo primero que encontrar a una vendedora en la Ciudad de México. Las vendedoras de Thermomix no se anuncian y realizan sus ventas por recomendación, así es que tuvo que buscar arduamente para dar con una, pues no conocíamos a nadie en México que la tuviera, es más, que ni estuviera enterado de su existencia.

Cuando finalmente dimos con una, tenía que asistir a la demostración, ya que el aparato no tiene garantía si no es presentado por la vendedora. Tenía ya la fecha en la que iría a mi presentación al Distrito Federal, cuando por un contratiempo familiar tuve que cambiar de planes y finalmente la tuve que ver vía Skype desde el hospital en el que mi padre convalecía tras una operación de la vesícula.

Tras varios viajes al DF, Manuel finalmente pudo traerla consigo, pero decidió no desempacarla para que llegara en su caja. Obviamente, no lo dejaron subirla consigo al avión, y mi robot culinario se tuvo que ir documentado en el vuelo México a Miami.

Al llegar a Miami, mi marido se sorprendió de no que la caja no salía por la banda de equipaje, y al ir a preguntar qué pasaba, se topó con la sorpresa de que en la fila para pasar aduanas una mujer sudamericana ¡ya iba con mi Thermomix en la mano!

Educadamente, le dijo a la presunta ladrona: “señora, me permite ver el número de documentación, pues me parece que ésta es mi Thermomix, a lo mejor la suya está todavía en la banda”, recuperando así el tan codiciado objeto.

Pero no sólo eso, al traerla empacada aún levantó sospechas del oficial en la aduana del aeropuerto de Miami, quien cobró a mi generoso marido una cantidad que aún no me ha sido revelada por cuestión de impuestos de importación.

Así es que finalmente llegó a Miami, y no fue hasta que volvimos de España (en donde me tocó ver prácticamente una Thermomix en cada cocina que visité) que pude estrenar mi tan anhelado regalo, 8 meses después de Navidad.

En estas dos semanas he hecho panes, pizzas, sopas, salsas, helados, y todavía me falta muchísimo por explorar. Debo decir que ha superado por completo mis expectativas, y que ya soy parte de esa secta oculta que ama este aparato.

El mundo de Thermomix se ha revelado ante mis ojos.