Enter to grow in wisdom

image
“Enter to grow in wisdom”, leyenda que se encuentra en la puerta Dexter al entrar a la Harvard Yard. “Depart to serve thy country and thy kind”, es el mensaje al salir y que el Presidente de Harvard Charles Eliot inscribió en ella.

Si me preguntan qué aspiro yo para mi hija cuando sea una adulta, puedo empezar a hacer una lista de todas las cosas que me gustarían para ella: independencia, felicidad, salud, amor… En fin, cosas que probablemente entran en la lista de cualquier padre, porque decir que educamos a nuestros hijos sin expectativas (que realmente no deberíamos tenerlas) sería una gran mentira.

Pues precisamente en esta semana, en la que Cristina fue por primera vez a la escuela y empezó ese camino académico que la llevará –espero yo– a una vida de bien, fue que me topé con un artículo publicado por el New York Post, sobre el libro “Early Decision”, de Lacy Crawford, una tutora que dedicó 15 años de su vida a ayudar a los jóvenes más privilegiados de ciudades como Nueva York y Chicago a entrar, presionados por sus padres, a las mejores universidades de Estados Unidos.

Después de leer el texto, no pude dejar de pensar en mi propia experiencia para lograr llegar a las dos Ivy Leagues en las que cursé distintos programas.

Lo que yo viví está lejanísimo de estos jóvenes millonarios, ya que en mi familia ni siquiera se pensaba en ir a una universidad estadounidense, mucho menos teníamos claro qué era una Ivy League. Y fuera de Harvard, Yale y Princeton, que eran las que más sonaban en mi mente, por las películas que alguna vez me había tocado ver, las demás ni siquiera las tenía claras.

“Hija mía, las becas sólo se las dan a los hijos de los políticos”, me dijo mi mamá cuando le anuncié que había decidido que quería estudiar una maestría en el extranjero. Ya tenía casi 8 años trabajando en el periódico en el que inicié mi carrera y tres años de casada cuando inicié todo el proceso de preparación, acababa de comprar una casa, y realmente a muchos les parecía una locura que se me ocurriera querer ir a las mejores universidades de Estados Unidos sin un centavo en la bolsa.

Y realmente lo era, pero como a mí no me lo parecía y en mi tremenda ignorancia no tenía ni la más mínima idea del poco porcentaje de éxito que tenía, decidí darme a mí misma la oportunidad de intentarlo, para poder después seguir adelante con mi vida sin el remordimiento de que ni si quiera lo había tratado.

Empezaron a llegar las cartas de “no aceptación”, y no puedo negar que me entristecía, después de lo que me había parecido muchísimo trabajo, recibir tan malas noticias. Sin embargo, pensaba “bueno, es una prueba más para mi capacidad de tolerancia a la frustración”, y empezaba a considerar cada vez más seriamente que quizás era hora de formar una familia con quien entonces era mi marido y que me decía: “No te preocupes, Stanford no te aceptó, pero yo sí te acepto”, con una ternura que todavía recuerdo con un gran cariño.

Sin embargo, el 3 de mayo del 2004, si mal no recuerdo, llegó una llamada de Harvard a la casa. Cuando la tomé recién salida de bañar y aún en toalla, pensé que era porque me querían hacer una entrevista para ver cómo andaba mi inglés, pues en el programa de la Fundación Nieman para Periodistas, el cual, para ser sincera, no entendía muy bien de qué se trataba, ni siquiera me habían pedido el Toefl.

Tomé la llamada y en el otro lado de la línea Bob Giles, el curador de la Fundación, me dijo: “Congratulations, Ana, you have been awarded with the Nieman Fellowship”.

Colgué, y no podía creer lo que acababa de escuchar, necesitaba verlo escrito en algún lado para dar crédito. Grité por toda la casa de emoción y luego llamé a mi madre y le dije: “¡Me voy a Harvard!”.

Sí, temo decirles que el día más feliz de mi vida no fue el 17 de septiembre del 2011, fecha en la que nació Cristina y me convertí en madre, ni ninguno de los dos días de mis dos bodas, sino cuando me dieron esa noticia que, sobra decir, cambió radicalmente el rumbo que llevaba mi existencia.

Harvard y después la Universidad de Columbia han sido experiencias que, sin duda, han marcado mi vida. Me enriquecieron intelectualmente, me acercaron a mentes brillantísimas y me colocaron en una élite a la cual no pertenecía. Sin embargo, ni me consiguieron un mejor trabajo ni me hicieron mi vida más sencilla.

Pero ¿para qué les cuento todo esto? Para volver a Cristina…

Al leer el artículo que me llevó a comprar el libro que en estos momentos descansa en mi mesa de noche, no dejé de cuestionarme el papel que jugamos los padres en la educación de nuestros hijos.

¿Que me gustaría que Cristina pudiera ir a Harvard o a Columbia como yo lo hice? Por supuesto. ¿Qué quisiera que si no es una Ivy League y desea dedicarse a las artes o a la música, o a algún otro campo, tenga a su alcance las mejores instituciones? Sí, también. ¿Qué ahora me queda mucho más claro qué es lo que debe de hacer alguien que aspire a ser aceptado en una de estas universidades? Así es.

Sin embargo, una de las grandes lecciones que me llevé al ir a Harvard fue que por más que uno quiera pavimentarle el camino a un ser querido y abrirle las puertas de estas instituciones para que su recorrido sea mucho más corto y ligero que el que a algunos nos tocó vivir, es que si el interesado en cuestión no hace por sí mismo su trabajo y no recorre su propio camino, no hay manera de llegar.

Así es que, mi amada hija, las únicas puertas que tu papá y yo podemos abrirte son las de este pre kínder en el que empiezas a tus dos años y en el que entraste porque tuvimos a bien el ir a inscribirte con mucha anticipación. Tú camino empieza hoy y de ti dependerá a dónde quieras llegar.

Le pido a Dios que me dé mucha vida para poder estar yo a tu lado y recordarte con mucho amor que si bien hay cosas que son lejanas a nosotros y parecen casi imposibles, siempre tenemos la libertad de al menos intentarlo, así como la libertad de no querer hacerlo.

No dejes que nuestras expectativas se interpongan en tu camino.