El mejor regalo de cumpleaños

2007. Coney Island, Nueva York

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La verdad, ya no recuerdo cuándo fue la última vez que planee algo especial para mi cumpleaños.

No recuerdo qué hice cuando cumplí 20; cuando cumplí 30 lo festejé patinando en el Parque Fundidora de Monterrey como cualquier otro sábado, y cuando inicié mi cuarta década, Manuel, mi marido, organizó una linda velada con nuestros nuevos amigos de Miami y un mariachi que disfruté con muchísimo cansancio y con Cristina, de dos semanas de nacida, en mis brazos.

Ahora que estaba por cumplir mis 42, en realidad ni siquiera estaba pensando en mí y más bien estaba totalmente enfocada a preparar la fiesta de mi pequeña. Así es que cuando mi amiga Cristina (sí, quien comparte el nombre con mi hija) me dijo que, si yo no me oponía, vendría a Miami a festejar mi cumpleaños me alegré muchísimo, pero seguí sin hacer grandes planes.

El día que Cristina aterrizó en Miami, a mi otra Cristina le diagnosticaron HFMD (Hands, Foot and Mouth Disease), por lo que los pronósticos de atender a la visita como yo quería, con paseos familiares para mostrarle la Ciudad, eran bastante desalentadores.

Mi amiga y yo nos conocimos trabajando juntas en la década de los 90. Aún estábamos en nuestros 20, y al ser las editoras más nuevas de la sección de espectáculos del periódico para el que trabajábamos se decidió que teníamos que pagar nuestra cuota de novatas y trabajar los turnos del fin de semana, lo cual para nosotras, muy jóvenes y con muchas ganas de divertirnos, era una verdadera tragedia.

También era una tragedia que los días entre semana que descansábamos ninguno de nuestros amigos estaba disponible para hacer planes, así es que terminamos por hacernos amigas y acompañarnos también en nuestros días libres.

Con el tiempo, nuestros días de descanso cambiaron, pero nuestra amistad siguió fortaleciéndose. Vinieron muchas fiestas con compañeros de trabajo, muchos festejos institucionales, muchas salidas a comer en grupo, muchas idas de compras por un día de Monterrey a McAllen (Texas), mi primera boda y también mi divorcio…

Cuando me gané la beca que me llevó a estudiar a Harvard, Cristina fue parte de esa alegría visitándome en Boston en el lindo departamento que tenía en Cambridge con un cuarto disponible para las visitas. Después, que me fui a estudiar a Columbia, en Nueva York, también llegó a mi diminuto cuartito de la International House en donde en más de una ocasión compartimos la pequeñísima cama en donde hasta el poder respirar parecía complicado para no despertar a la persona de al lado.

Luego conseguí distintas clases de trabajos y me fui quedando más tiempo en la Gran Manzana. Fue así como la visita semestral de Cristina a Nueva York, empezó a hacerse costumbre. Juntas descubrimos la ciudad, fuimos a museos y galerías, comimos en restaurantes de todas partes del mundo, nos sumergimos en las tiendas neoyorquinas, paseamos en invierno por Central Park y en verano exploramos las playas cercanas.

Cuando Cristina fue ascendida al puesto de editora de moda, la casualidad nos volvió a permitir trabajar juntas, mandando yo notas para su sección desde Nueva York. Junto a ella descubrí mi pasión por la moda y juntas fuimos a varios Fashion Weeks. Juntas vimos en el cine “The Devil wears Prada”, así como “The September Issue”, y juntas nos topamos por primera vez a la icónica Anna Wintour solo unas filas más abajo de dónde estábamos en un desfile en el que logramos acomodarnos en un muy buen lugar.

Esa época parecía haber terminado cuando antes de nacer mi hija me mudé a Miami. Mi amiga vino hasta acá a conocerla, pero yo, recién parida, sin conocer la ciudad y con una pequeña de poco más de un mes de nacida, no pude dedicarle el mismo tiempo de antes. Todo había cambiado.

En realidad, mis expectativas de esta visita no iban más allá de salir los cuatro juntos a comer o cenar, ir a la playa, o pasear las tres Cristinas juntas. Sin embargo, al estar mi pequeña enferma, mi marido optó por quedarse en casa a cuidar a la niña y dejar que yo atendiera a la visita.

Fue así como se dio mi primera “Girls’ night out”, después de dos años de estar enfocada en mi hija. Fuimos al concierto de Julieta Venegas y bailamos como cuando brincoteábamos hasta altas horas de la madrugada en fiestas. Nos metimos a un H&M de Lincoln Road, nos probamos lentes, gorros, ropa, y como unas adolescentes nos fotografiamos para dejar el momento registrado en Instagram.

Al día siguiente nos lanzamos a los outlets de Sawgrass, tal y como lo hacíamos como cuando íbamos de shopping a McAllen o más adelante a los de Woodbury Common, en Nueva York. Nos sumergimos en Nieman Marcus Last Call en donde pudimos deleitarnos y, sin la mirada inquisitiva de ningún vendedor, tocar los vestidos y zapatos que hemos visto sobre las pasarelas en temporadas pasadas.

Ese mismo día de shopping, Cristina estuvo ahí cuando compré el abrigo de mis sueños, y también cuando me dí cuenta que ya no estaba mi tan preciado reloj sobre mi muñeca, el cual me acompañó durante 15 años. Precisamente los mismos que tenemos de ser amigas.

En medio de mi tristeza por la pérdida de este objeto que yo pensé que me iba a durar “toda la vida”, y tratando de hacerme sentir mejor, con esa ligereza que siempre tiene el poder de quitarme toneladas de encima, me dijo: “¿Ya ves, Ana? Nuestra amistad ha durado más que el reloj”.

Y sí, así se llegó mi cumpleaños, entre el duelo por despedirme de algo que en realidad, desde que todo el mundo carga con un celular, se vuelve cada vez más innecesario y la emoción de recibir un nuevo objeto de deseo a mi vida que tendrá la función de mantenerme abrigada en esos inviernos que visite Nueva York.

Sin embargo, el mayor lujo no fue el abrigo, sino el haber podido haber pasado tanto tiempo con mi amiga, lo cual no hubiera podido hacer sin un maravilloso marido que me apoya con estos —ni tan pequeños— detalles, y una hija sana, que aunque convaleciente tiene una fortaleza increíble.

Gracias a Manuel y a las dos Cristinas por el mejor regalo: Poder retroceder el tiempo y sentirme por unos días a mis 42 años como si tuviera otra vez 22.