Amanecer en Palm Island

Amanecer Durante una de las caminatas matutinas por la playa.

 

Amanecer
Durante una de las caminatas matutinas por la playa.

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Viniendo de familia de psicólogos, toda mi vida me la he pasado escuchando distintas teorías sobre cómo entenderse uno mismo y saber por qué hace lo que hace. Durante mi adolescencia las comidas en mi casa eran una especie de análisis psicológico de los ahí involucrados, que trajo como consecuencia que yo terminara alejándome de todo libro, teoría, manual o CD que tuviera que ver con la psicología o la superación personal.

Sin embargo, he acudido a diferentes psicólogos en distintos momentos de mi vida, cuando he sentido que las cosas se me desbordan y se me salen de las manos, y aunque fueron parches que sirvieron en su momento y me ayudaron a tomar decisiones y seguir adelante en mi vida, creo que pocas veces me hicieron conectar con lo más profundo de mi ser y con esa esencia que mueve mis sentimientos, palabras y acciones.

Después de llegar a Miami, de ser madre, de cambiar de trabajo, de incorporarme a una nueva situación familiar y de llegar a mi década de los 40, volví a sentir la necesidad de iniciar una terapia. Sin embargo, en esta ocasión, a diferencia de otras, me empecé a centrar en mí misma.

Sí, no puedo negar que estas dos horas de terapia al mes fueron muy efectivas durante esta abrupta transición a mi nueva vida, sin embargo lo que realmente ha significado un cambio radical fue el día que mi amiga Ana Barrio me invitó a una cosa conocida como Grupo de Afinidad, en la que no hay que pagar ni un solo centavo y sólo me tengo que conectar a una llamada durante una hora a la semana.

Con varios lineamientos que dicen que uno no debe interrumpir a la persona que comparte su experiencia, que no debe intentar de salvarla, que no debe de dar su consejo, que en su mente debe tratar de hacerse conciente de los juicios que hace con respecto de la otra persona e intentar de no hacerlos, que debe uno responsabilizarse de sus sentimientos y acciones hablando en primera persona, y que ése es un espacio para dar y recibir amor incondicionalmente, entre otros, empecé a practicar por una hora a la semana principios que me han resultado muy útiles a la hora de llevarlos fuera de ese pequeño espacio a mis relaciones del día a día.

Fue así como después de 6 meses de conectarme cada lunes, Ana me invitó a que acudiera al taller y retiro que se realizaría en Palm Island, Florida, y la idea me pareció bastante atractiva. Aunque me hubiera gustado ir a toda la experiencia, decidí asistir sólo a la primera parte en la que se vio la teoría que se presentan en los libros escritos por Paul Ferrini, que sinceramente no he ni siquiera terminado de leer.

Fui prácticamente con la única expectativa de ver a mi amiga, pasar unos días tranquilos en una isla en el Golfo de México y dejar sorprenderme. Y sí, esos cuatro días que nada tuvieron que ver con unas vacaciones, más que ser un viaje a esa paradisiaca isla fueron un verdadero recorrido por mi más desconocido yo.

Y si bien no tuve un momento glorioso de catarsis o revelación (que en verdad ni lo estaba buscando), sí aprendí cosas importantes de mis miedos, vergüenzas, enojos y juicios, me liberé del peso que carga uno cuando culpa a otros de su infelicidad y descubrí con mucho orgullo que de alguna manera, intuitivamente, en este viaje de 42 años por la vida he ido aprendiendo cada vez a amarme más.

Sin embargo, aún queda mucho por hacer, y lo digo sin la vergüenza  o autoflagelación que se podría sentir al admitir uno mismo sus defectos, sino con todo el gozo y la alegría de alguien que quiere permanecer todavía mucho tiempo más en este mundo y que sabe que el vivir está lleno de constantes amaneceres.

Coming from a psychologists’ family, I have heard all my life all kind of theories about how to understand myself, and knowing why I do what I do. During my teenage years the meal times were  a kind of psychological analysis of everyone involved, that ended up bringing me apart from every book, theory, manual or CD related to psychology or personal growth.

However, in different moments of my life I have visited a number of psychologists, when I have had the feeling that things go over board and get off my control. And even though there where patches that were helpful in that moment and helped to make decisions and go ahead in my life, I think that very seldom they helped me to connect with my most deepest self and with that essence that moves my feelings, words and actions.

After moving to Miami, becoming a mother, changing my job, starting a new family situation and arriving to the decade of the 40s, I felt again the need of starting a therapy. Though, this time, unlike the others, I started to center in myself.

Yes, I can’t deny that these two hours of therapy per month were very effective during this abrupt transition to my new life, though what really was a radical change was the day my friend Ana Barrio invited me to something know as Affinity Group, for which there is no fee and I only have to enter a call one hour a week.

With some rules that say that you should not intervene when other is sharing his or her experience, that should not try to save the other person, that should not give any advice, that in your mind you should be aware of your judgments and try not to make them, that you should take responsibility for your feelings and actions talking in first person, and that this is a space to give and receive love unconditionally, among others, I started to practice one hour a week principles that have become very handy when used outside of this small space and taken to my day-to-day relationships.

After 6 months of calling every Monday, Ana invited me to go to the workshop and retreat that would take place in Palm Island, Florida, and I found the idea very attractive. Even though I would have liked to be in the whole experience, I decided to go only to the first part in which we learned the theory presented in the books by Paul Ferrini, which honestly I’m not yet done reading.

I was there practically with the only expectation of seeing my friend, spend some peaceful days in an island on the Gulf of Mexico and let myself be surprised. Indeed, those four days had nothing to do with any kind of vacation, and more than being a trip to this paradise island there were a real journey into my very deep me.

Even though I didn’t have a glorious moment of catharsis or any kind of revelation (In fact, I was not looking for them), I did learn important things about my fears, shames, anger and judgments; I freed myself from the weight that one carries when you blame others for your unhappiness, and also discovered with a lot of pride that in some way, probably intuitively, this 42-years journey in this life I have learned each time to love myself more.

Though, there is still a whole lot to do, and I say it without the shame or beating oneself up that I could feel when accepting my flaws, but with all the joy and happiness of someone who wants to stay a long time in this world and who knows that life is full of constant dawns.

 

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