Creando el tan necesario “me time”

Foto: Ana Cristina Enríquez
DÍA 3: Mientras pescaban, una pareja de pelícanos me acompañó una parte del trayecto.

Cuando una se convierte en mamá, el poco tiempo que pasa una sola haciendo algo que disfruta adquiere un significado totalmente distinto.

Esos minutos que muchas no se pueden permitir, que algunas defienden a capa y espada, y que a otras se les olvidó simplemente que existen, suelen ser espacios de reencuentro con la persona que dejamos antes de pasar el umbral de la maternidad.

Y, si bien, yo tengo una situación en la que no me puedo quejar por la falta de ayuda, la rutina y el supuesto deber hicieron que me olvidara de permitirme a mí misma esos respiros cotidianos que nos conectan con nuestra esencia.

Tengo más de dos años viviendo a unos pasos de la playa, y aunque quería darme el espacio para ir a caminar yo sola por las mañanas, siempre parecía haber una razón poderosa que me impedía empezar el día de esa manera. Si estaba mi marido porque ese tiempo prefería pasarlo con él, si no estaba porque no tenía con quien dejar a mi bebé, y cuando ya al fin ésta empezó a ir a la escuela porque tenía que trabajar.

En fin, siempre existia un pretexto para postergar la maravillosa oportunidad que me estaba regalando la vida de ir a pasar unos minutos por la mañana a contemplar el mar.

Hasta que este lunes, que me tocó mi llamada con mi grupo de afinidad, la cual siempre acostumbro a realizar entre muchas otras tareas, decidí, sin pensarlo, caminar a la playa y sentarme a hablar sobre la arena.

Ahí caí en cuenta que desde hace casi dos meses, después de haber trabajado por casi 20 años, ya no tengo un empleo que me amarre a un horario, que ahora que estoy emprendiendo un nuevo proyecto profesional soy dueña de mi tiempo, y que tengo la manera de escaparme de todo el mundo por espacio de una hora en la mañana.

Así es que decidí que esta semana lo haría.

Y lo hice el martes, miércoles y jueves, maravillándome de cómo cambia el aspecto de la playa cada día, cómo la luz es diferente, y cómo hay días en los que caminar sobre la arena es más sencillo.

Durante estos días pasé de usar tenis a caminar descalza, de cubrirme con ropa para hacer ejercicio a sólo llevar puesto mi traje de baño, de no fijarme en detalles a observar hasta los pequeños peces que son del color de la arena y que nadan junto a la orilla.

Vi varios nidos de tortugas que pronto nacerán, caminé junto a dos pelícanos que pescaban, descubrí pequeños cangrejos en la arena y seguí una mantarraya, liberándome de toda la culpa de no estar haciendo algo “productivo” y agradeciendo la bendición de vivir en un lugar tan hermoso.

Para el viernes ya tenía ganas de compartir con Cristina este espacio creado para mí, y aunque obviamente lo disfruté y pasé un muy buen rato con ella, descubrí que el darme aunque sean 20 ó 30 minutos al día para hacer algo que me guste es algo que me debo a mí misma.

Propósito: procurarme mi dosis de #metime diario.