Queen (Cris)tina

Queen Tina
Cristina sintiéndose la reina y dueña del castillo de Disney.

Antes de convertirme en madre —por supuesto— siempre me había dicho a mí misma que ¡jamás educaría a mi hija como a una princesa!

Como mujer independiente, fuerte, inteligente y educada que me considero, me molestaba el simple hecho de pensar en la fragilidad y dependencia que a mi parecer proyectaban, sobre todo, las princesas de Disney.

Pero los años pasan, una madura, se vuelve más práctica y tolerante, y, al menos en mi caso, ese radicalismo en el que vivía en la década de mis 20 y todavía aún entrados mis 30 se ha atenuado bastante.

Ahora me veo asumiendo, aceptando y haciendo cosas que me juré a mí misma que jamás haría… como festejarle a mi hija su gusto por las princesas, los castillos y los cuentos de hadas.

Recientemente fuimos en un viaje familiar a Disney, y tengo que aceptar que una de las cosas que más disfruté fue ver a Cristina sentada en los hombros de su papá, vestida con el que me parece el vestido más cursi de todas las princesas de Disney, saludando a toda la corte que desfiló frente a nosotros, y repitiendo, para mi sorpresa, el nombre de muchas de ellas.

En la tienda, cuando su generosa tía le compraba uno de los vestidos que ella misma eligió, yo guardaba la esperanza de que escogiera el de Mérida, la valiente princesa de pelirrojos rizos con la cual yo esperaba que mi hija se identificara. Pero no, eligió uno rosa, lleno de brillos, con largos guantes que después me enteré era el de la rubia Aurora, de la Bella Durmiente.

Cuando terminó de probarse el vestido que ya no se quitaría en todo ese día, con toda la autoridad que le dan sus 3 años, preguntó en inglés (su idioma favorito) “Where is my crown?”

En cuanto la conseguimos y la pusimos sobre su cobriza cabellera, suspiró y con un gran aplomo viéndose al espejo dijo “Queen Tina!”

Yo, orgullosa, no pude más que pensar: “¡Sí, ella es una reina!”

… E hice las paces con la Princesa que habita en mi castillo interior.