Tina Ballerina

Tina Ballerina

Hace una semana que Cristina (Queen Tina, para los amigos) está instalada en su faceta de bailarina de ballet.

Una noche sacó un leotardito y un tutú azules, que más que prendas de danza son un disfraz de Cinderella, pero que de todos sus atesorados vestidos de Princesas es el que más se parece al atuendo que luciría una bailarina profesional de ballet.

Me pidió que se lo pusiera, y frente al espejo empezó a imitar unos pasos de baile parada en puntitas que, efectivamente, asemejaban a los del ballet. Luego se dio cuenta que no llevaba zapatillas, y en lo que yo fui por mi teléfono para inmortalizar en video el momento, ella ya se había negado a seguir bailando.

Ante la falta de sus “papatillas”, me dio el iPad y me pidió con su todavía muy limitado vocabulario que le pusiera ballet.

“Bala, ballet”, decía poniendo en mis manos su tableta (que dejó de ser mía hace ya varios años).

Hice una búsqueda y aparecieron unos videos de bailarinas rusas en un concurso. Los vio todos, hasta que llegó a una hermosa caricatura alemana en la que explicaban el origen del ballet y cada una de una de las posiciones que había que seguir para bailar esta danza. Quisiera compartirles el enlace, pero quedó perdido entre la gran cantidad de contenido que consume diariamente.

Hoy, mientras yo trabajaba en la computadora en el piso de abajo, oía cómo arriba Cristina y Caro, su nanny, se reían y Cristina decía “No, no, Carouuu”.

Queen Tina, vestida nuevamente en su leotardo y tutú azules, quería darle una lección de ballet a esta jacarandosa hondureña, que más que imitar el baile clásico se reía a carcajadas y se movía al ritmo de bachata. Otro invaluable momento que no quedó, por desgracia, registrado en la memoria de mi teléfono celular.

Al parecer, esta inquietud, la cual yo no le he inculcado activamente, ya había sido expresada en el colegio, pues un día sin yo saberlo me hablaron de la dirección para informarme que “Cristina no podría tomar clases de ballet mientras siguiera llevando pañal”.

Intrigada, cuando le pregunté a la maestra de qué se trataba dicho mensaje me dijo que, efectivamente, mi hija, que ya pretende ser maestra de ballet cuando se niega a avisar para ir al baño, demostraba un gran gusto por el baile y que ella pensaba que era conveniente meterla en las clases que el mismo kínder al que va ofrece.

Yo, sinceramente, no le puse mucha atención hasta que ahora lo vi con mis propios ojos.

Muy seguramente tocará comprarle sus zapatillas, su leotardo y sus mallas de verdad, así como llevarla a clases. Pero más que una clase de ballet o de piano, de pintura o karate, lo que más me sorprende es ver cómo desde los 3 años de edad los seres humanos ya estamos en capacidad de tomar decisiones de ese tipo, de elegir nuestros intereses, empezar a tener sueños, ¡y a perseguirlos!

No puedo dejar de pensar en lo afortunada que es mi hija de vivir en este momento histórico y espacio geográfico, en el que gracias a la tecnología y a que estamos en un primer mundo lleno de oportunidades, los sueños se ven tan al alcance de la mano.

Una época en la que si le gusta el ballet tiene toda una videoteca en casa llamada YouTube en la que puede ver una y otra vez a niños bailando y tomando clases en diferentes partes del mundo, en la que puede elegir el momento para ver caricaturas en todos los idiomas con el tema del ballet. Una época en la que muy seguramente hasta tutoriales hay para aprenderlo en casa, como ella ya lo ha hecho.

Me emociona tanto verla absorbiendo y procesando información por sí misma, sin la necesidad de que yo la tenga que introducir a lo que a mí me interesa, a lo que a mí me gustaría que ella hiciera, o a lo que yo considero que es bueno para ella.

Y mientras llega el día en el que mi hermosa reina-bailarina-maestra de 3 años me sorprenda con lo que va a elegir “ser de grande”, seguiré disfrutando junto con ella sus pequeños grandes descubrimientos que siempre, invariablemente, me dejan a mí también con la boca abierta.