Primeras veces: Clases de ballet

La maestra corrigiendo su postura.

A sus tres años y tres meses, Cristina entendió perfectamente cuando le dije que la llevaría a clases de ballet.

Yo decidí que no la presionaría para que dejara el pañal, así es que cuando llegó el día de la tan esperada clase y sacamos sus leotardos y tutú para que decidiera qué se iba a poner, Cristina dejó de ser bebé y me pidió que le pusiera “un calzón de niña grande”.

Ya puesto el leotardo, se revisó su pequeño trasero en el espejo para, cual adolescente, ver cómo se veía sin pañal.

Cuando todo estuvo en orden nos terminamos de vestir para salir a la calle con -5 grados centígrados, nevando y con un helado viento que daba la sensación térmica de -13 grados, a tomar el autobús que nos llevaría de Sunset Park a Park Slope, en donde Cristina recibiría su primera clase de ballet.

“¡Vaya que es difícil la vida de las bailarinas!”, pensé yo, que gustosamente me hubiera quedado en casa si no fuera porque mi pequeña está desde hace meses obsesionada con el ballet clásico, y ella por su cuenta intenta aprender los pasos viendo videos de YouTube.

Así es que Cristina inició finalmente su carrera como bailarina en Nueva York, en un frío día de enero, a los tres años. Un lujo que no cualquiera se puede dar…

Y sí, porque dentro de todo este caos que es mi vida ahora, hay cosas que caen perfectamente en su lugar. Como la clase de Cristina, a la cual, con todo y mi situación de semi-reposo, podemos llegar perfectamente una vez por la semana, ya que, contando el viaje en autobus, sólo tengo que caminar 3 cuadras de ida, y 3 de vuelta.

Desde hace una semana, los miércoles por la mañana, mi pequeña colorada se convierte en el ser más feliz sobre esta tierra. Y yo junto con ella.

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Les comparto las imágenes de este mágico día en el que por primera vez tuvo el placer de probar sus zapatillas sobre una duela de verdad.