Microagresiones / Microaggressions

 

Hace unos días una amiga me habló de un proyecto que están haciendo en su trabajo, una agencia de estrategia ubicada en Nueva York que maneja clientes de muy alto nivel, de gente fotografiada con un papel en el que escribe las microagresiones de las que ha sido objeto y me invitó a participar en él.

Y aunque aún no sé si seré parte del proyecto, sí me puso a pensar, y provocó que en mi mente reviviera un episodio que viví hace 15 años, cuando me iba a casar por primera vez.

En ese entonces vivía en Monterrey, y el que sería mi futuro marido pertenecía a una familia que se consideraba a sí misma parte de su alta sociedad.

Como era la costumbre, las “niñas bien” próximas a casarse tenían que hacer una parada obligada por una casa ubicada en el municipio de San Pedro Garza García en donde se escogía la plata que los invitados regalarían a la pareja de recién casados.

Yo no sé si en todos lados, pero la plata en las bodas mexicanas tiene un significado especial que lo coloca a uno en cierta escala social. Entre más cubiertos de plata logre reunir uno, parece ser indicador de la alcurnia e importancia de las familias que se unen con dicho enlace.

Al ser yo considerada “foránea”, ya que mi familia vivía en Chihuahua y no en Monterrey, ciudad en la que yo estudié, me gradué y empecé a trabajar, dicho rito de iniciación en la sociedad sampetrina lo tuve que pasar con la mamá de mi entonces prometido.

Esa visita al lugar, debo decir, fue toda una experiencia, pues ahí coincidimos con varias de las novias de la temporada que llenaban con sus fiestas y despedidas las secciones de sociales del periódico local, en el cual precisamente trabajaba yo, una profesión nada bien vista para una señorita de sociedad.

Y sí, precisamente ahí nos topamos con una conocida de la madre quien al verme rápidamente quiso saber quién era yo.

“¡No me digas que es tu nuera!”, le dijo, para rápidamente voltear hacia mí y preguntarme “¿De quién eres hija?”.

Al no tener yo ningún nombre ni antepasados relevantes en la sociedad de esta norteña y conservadora ciudad, quien sería después mi suegra rápidamente se apresuró a contestar, antes de que yo cometiera un grave faux pas.

“No, es que sus papás no viven aquí”, dijo en tono de justificación.

Entonces la distinguida señora, en un acrobático acto, intentando salvar el ¿bochornoso? momento atinó a decir…

“¡No importa, mi reina, estás bien chula!”

En ese momento más que considerarlo una tremenda agresión, me causó muchísima gracia y corrí a contarles a mis amigos del periódico, quienes se encontraban muy lejos también de esas esferas sociales, la anécdota.

Así es que a partir de ese momento cada vez que se me olvidaba algo, me equivocaba o simplemente decía alguna tontería, mi entonces compañero editor me decía en broma:

“¡No importa, mi reina, estás bien chula!”

Agresión, chiste, triste realidad mexicana… ¿qué importa si estás bien chula?

….

Some days ago, a friend told me about a project that are doing at her work, a New York based strategy agency with very high profile clients, of people holding papers in a picture with microaggressions written on it, and she invited me to participate.

And even though I don’t know yet if I will be part of the project, it brought me memories of something that happened to me 15 years ago, when I was about to get married for the first time.

Back then I lived in Monterrey, and the guy I was going to marry belonged to a family that considered itself as part of the very high class.

Respetable brides went to a house in San Pedro Garza García, one of the most affluent zipcodes of Mexico, where they had to choose the silver that the guests will give them as wedding present.

I don’t know if everywhere, but in upper-class Mexican weddings, silver has a special meaning that makes you fit in certain social strata. The most silverware sets you manage to receive, seems to be an indicator of the lineage and importance of the two families that bond together in that event.

Being an “outsider”, since my family lived in Chihuahua and not in Monterrey (San Pedro, to be more precise), city in which I went to university, I graduated and started working, that initiation rite to the San Pedro society had to be done with my then fiancé’s mother.

I have to say that visiting this place was a whole experience. There we saw some of the most popular brides to be of the season, which parties were chronicled by the newspaper in which I used to work. A profession not that well seen for a decent upper-class young woman.

There we happened to meet an acquantaince of my then future mother in law, who wanted to know who I was.

“Don’t tell me that she is your daughter in law!”, she said to her and in a matter of seconds was looking at me asking “Who are your parents?”.

Since I don’t have any relevant last name or ancestors for this northern and conservative city’s society, my future mother in law answered very quickly, before I made an unforgivable faux pas.

“Her parents don’t live here”, she said kind of apologetic.

It was then when the distinguished lady, in an acrobatic act, trying to save the (akward?) moment just could say…

“Who cares, my dear, you are very cute!”

In that very moment, more that consider it a micro (or macro?) agression, I found it very funny and went the next day to tell my friends at the newspaper, who —by the way— were also very far from those social espheres.

After that, every time I forgot something, made a mistake or just said something silly, one of my coworker friends would say as a joke.

“Don’t worry, my dear, you are very cute!”

Agression, joke or the sad Mexican reality… who cares if you are very cute?