El peso de las cosas / The weight of things

En mi década de los veinte me dediqué a acumular cosas.

Recién casada y con una casa que adquirí pensando en que ahí crecerían mis hijos, me puse a amueblar y a decorarla como si ahí fuera a vivir el resto de mi vida.

Siempre había una buena oportunidad para comprar unos mantelitos individuales que quedaran con una de las tantas vajillas que recibí como regalos de bodas, el florero perfecto, los palillos chinos de madera para cuando cocinara comida oriental, la paellera para deleitar a mis amigos cuando quisiera organizar una noche española, el mueble aquél para guardar mis porta pyrex, el salsero y la panera de plata, o todos los recuerditos y adornitos de los numerosos viajes por carretera que hice en esos años por México.

En fin, mi casa iba quedando perfecta cuando la vida me dio la sorpresa más grande que he recibido: ser admitida en Harvard con una generosa beca que doblaba el sueldo que recibía como periodista en Monterrey en ese entonces.

“¿Pero cómo vas a dejar tu casa si la acabas de comprar?”, me preguntaban muchos sorprendidos. Mi lógica me decía que si un año en Harvard valía más que mi casa, ¿cómo iba a dejar pasar esa oportunidad para quedarme a cuidarla?

Pues acepté la beca y nunca más volví a vivir en Monterrey, y aunque se suponía que todo lo que estaba dentro de la casa era mío, la verdad es que ya no me pertenecía.

Después vino el divorcio, y aunque nos sentamos de la manera más amistosa a repartirnos las cosas, la verdad es que él no tenía dónde ponerlas, ni yo tampoco. Así es que más de una docena de cajas se fue a casa de mis papás en Chihuahua y el resto se quedaron en la casa, con la cual (también de manera muy amistosa) me quedé yo para rentarla durante todos estos años.

Primera lección: Ya no quiero comprar, guardar o acumular nada que no sea absolutamente necesario. No quiero cargar con la responsabilidad de tener cosas.

Cuando me hice del departamento en Brooklyn, no sólo no tenía dinero para comprar cosas y amueblarlo, sino que me dí cuenta que mis vecinos sacaban a la calle lo que ya no les servía. Así es que fui recogiendo sillas, escritorios, mesas y libreros que no eran de mi gusto, pero los adapté para que me sirvieran y se vieran lindos en mi hogar.

Luego me convertí en mamá y me sumé a una comunidad en Yahoo! que se llama Sunset Park Parents, en donde la gente generosamente regala o vende a precios realmente ridículos lo que ya no necesita.

Segunda lección: Gastamos innecesariamente demasiado en cosas que sólo nos sirven temporalmente, cuando éstas son fáciles de conseguir gracias a las redes sociales buscando sólo un poco.

En todos estos años he cargado con el peso de seguir siendo responsable de las cosas que aún tengo en Monterrey y en Chihuahua, las cuales gradualmente he ido regalando y vendiendo, gracias a la ayuda de personas muy queridas que me han apoyado con eso.

Y ahora que finalmente se vende esa casa en Monterrey y cierro un ciclo en mi vida lo único que he extrañado en 10 años son: una cobija que me tejió mi abuela y algunos cuadros que pinté yo misma en esa época.

Tercera lección: Lo único que quiero conservar (por ahora, quizás después tenga que dejarlas en el camino) son muy contadas cosas que tienen realmente un valor emocional muy fuerte en mi vida.

Hoy, gracias a que ya no tengo la responsabilidad de esas cosas que ya no eran mías y que sé que alguien más les dará un buen uso, siento que me he quitado un gran peso de encima.

Así quiero que sea mi vida… ligera.

[Contexto: Adiós, Santa Catarina. Adiós, cocina azul]

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In my twenties I kept accumulating things.

Newly wed and with a house that I bought thinking that it was where my children were going to grow up, I focused on fill it with furniture and decorate it as if I was to live there the rest of my life.

There was always a good opportunity to buy those individual sets that looked so good with one of the many china sets that I received as wedding presents, the perfect flower vase, the wooden chinese chopsticks in case I wanted to cook Oriental food, a paella pan to honor my friends with a Spanish night, that piece of furniture to store the silver, or all these souvenirs from all those road trips I did during those years in Mexico

Oh, well! My house was getting just perfect when life gave me the biggest surprise I have ever received: being admited to Harvard with an stipend that was two times what I was making back then as journalist in Monterrey.

“How are you going to leave your house if you just bought it?”, many would ask me mesmerized. My logic said that if a year at Harvard was worthed more than my house, how I was going to waste such opportunity?

I accepted the grant and I never lived in Monterrey again, and even though everything inside the house supposedly belonged to me, the truth is that it wasn’t mine anymore.

After that came the divorce, and even though we were very friendly splitting the things, the truth is that he didn’t have where to put all those things, neither had I. So more of a dozen boxes went to my parents house in Chihuahua, and the rest stayed in the house which I (also in a very friendly way) kept to rent it all these years.

First lesson: I don’t want to buy, keep or accumulate anything strictly necessary. I don’t want to have the responsability of owning things.

When I bought the Brooklyn apartment, I not only didn’t have the money to buy things to furnish it, but I realized that my neighbors put the things they didn’t use anymore on the street. So I started gathering chairs, desks, tables and bookshelves that even though I didn’t like them, I adapted them to be functional and look pretty in my home.

Then I became a mother and signed into a Yahoo! community called Sunset Park Parents, in which people very generously give away or sell very cheap what they don’t need anymore.

Second lesson: We spend unnecessaraly way too much in things we are going to use temporarely, when they are easy to find thanks to social media.

All these years I have carried the weight of being resposible for things that I still have in Monterrey and Chihuahua, which I have gradually been giving away and selling them, thanks to the help of lovely people that have supported me with this.

And now that finally this house is going to be sold and that I’m closing a cycle in my life the only things I have missed in these 10 years are a blanket crocheted by my grandma and some paintings I did.

Third lesson: The only things I really want to keep (for now, maybe later on I will have to leave them on the way) are very few things that have a real emotional value for me.

Now, thanks to not having anymore the responsability of these things that were not longer  mine in the first place and that I know that someone is going to give them good use, I feel lighter.

That’s how I want to live my life… Light.

[Contexto: Adiós, Santa Catarina. Adiós, cocina azul]